Ansiedad otra clase de hambre

¿Qué nos comemos cuando comemos de más?

Ansiedad: otra clase de hambre

Pocas cosas han sido tan inútiles, displacenteras y enfermantes como hacer dieta para adelgazar. Cansarse de hacer dieta y de subir y bajar de peso una y otra vez es, sin duda, una experiencia de apertura interior y de expansión de la conciencia.

Hacer dieta se convierte, para muchos, en una forma de vida. La vida pautada cada tres horas. Una grilla donde poco queda librado al instante vivo y mucho para que definan otros, y por anticipado.

El cuerpo nace preparado para sostener un peso cómodo, sin presiones ni intervenciones.
Cansarse de hacer dieta es señal de sabiduría. Cansarse de hacer dieta abre la puerta a nuevos horizontes. Hacer un giro de 180 grados y convertirse en el eje conocedor de qué comer, cuándo comer y cuánto comer es una experiencia liberadora y transformadora.

Las preguntas empiezan a revolotear: “qué tengo que comer” pasa a ser “qué quiero comer” y esto me sugiere “qué quiero de lo que sea”. “Cuánto comer” se convierte en “cuánto es suficiente”, también de lo que sea. “Cuándo comer” significa “defino mis propios tiempos”.

Qué queremos, cuánto es suficiente de lo que sea y definir los propios tiempos: nuestras elecciones, límites y ritmos. ¿Qué es lo que nos estamos “comiendo” cuando comemos de más? Creo que nunca llegaremos a tener bastante de aquello que, para empezar, no era lo que queríamos.

 

El peso que no puedo controlar

¿Por qué no puedo parar los atracones con la fuerza de voluntad?

El peso que no puedo controlar

Cómo definir esa sensación mezcla de impotencia, desasosiego y culpa cuando no estamos conformes con el peso de nuestro cuerpo. ¿De dónde nos viene el malestar? ¿Cómo identificar esa fuente de lucha eterna por llegar a un peso que no es el que ahora tenemos?

Ya ni siquiera se trata de tener un sobrepeso efectivo según parámetros médicos. La pelea por alcanzar un peso distinto se ha extendido y abarca también a los flacos. ¿O acaso no vemos a nenas o jóvenes con cuerpos normales metidas de lleno en controlar cada bocado que ingieren? ¿Qué nos está pasando?

Hace unos cuantos años, todo era más sencillo: los gordos eran gordos y los flacos eran flacos; y a los gordos nos llevaban al doctor y él nos daba una dieta. Lo que no sabíamos es que el sobrepeso está generado en la mayoría de los casos por la ansiedad, y que la ansiedad no se soluciona restringiendo el alimento; más aún: la restricción de comida aumenta la ansiedad, porque el malestar que nos produce estar todo el día pensando en lo que queremos comer y no podemos, o en lo que podemos comer y no queremos, se come. Es decir que, como cualquier otro malestar que no toleramos, la dieta se compensa comiendo de más.

“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.”

¿Oíste esto alguna vez? ¿Te sirvió?

La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La ansiedad es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional.

La ansiedad, por ser una emoción, no escucha razones ni puede ser manejada con la fuerza de voluntad.

Gordura veeeen

Gordura: ¡Veeeeeeeeen!

¿Llamamos a la gordura?

En su libro Ligero de equipaje, Carlos Vallés cuenta que Anthony de Mello había aconsejado durante años: “¡Cambien! Cambien aunque sólo sea por el gusto de cambiar. Mientras no tengan una razón fuerte y positiva para no cambiar, ¡cambien! Cambiar es desarrollarse y cambiar es vivir; por eso, si quieren seguir viviendo, sigan cambiando”.

Y de repente, cambió de opinión y comenzó a aconsejar lo contrario: “No cambien. Ámense a ustedes mismos tal como son, y el cambio ya tendrá lugar por sí mismo, cuando lo quiera y si lo quiere. Déjense en paz”.

Tony de Mello comenzó a objetar al cambio porque se dio cuenta de que lo que nos mueve a cambiarnos es la falta de tolerancia, y es ese mismo estado de intolerancia lo que impide el cambio. La resistencia que oponemos a nuestra odiada tendencia sólo sirve para reforzarla.

Se acerca el verano. Todos los años es el tiempo de la gran intolerancia con nuestro cuerpo, si está gordo o si está flaco. La delgadez ya no es ninguna garantía de tolerancia, porque el problema no es tanto el cuerpo y su tamaño sino, más que nada, nuestros hábitos de crítica y autocrítica.

Muchos de nosotros podemos recordar aquellos tiempos cuando, aun estando flacos, nos veíamos gordos; y si luego juntamos kilos de más, nos viene la pregunta: “¿No será que de tanto verme gordo, a la gordura la estuve llamando?: Gordura, ¡veeeeeeen!”.

Nos comemos la intolerancia lo mismo que el enojo. La intolerancia nos engorda.

La pelea nunca nos permitirá bajar de peso y mantenerlo, ni solucionar nuestra ansiedad por la comida, porque somos mucho más que un cuerpo y un número en la balanza. Y en palabras del mismo Tony: “Dejamos de pelearnos y aceptamos la realidad como el pájaro acepta sus alas: para volar”.

 

La suerte de estar gordo

La “suerte” de estar gordo

Qué pasa si no hay gordura y nos pasan “cosas gordas”

Para nuestra cultura, empapada de “lo flaco” hasta la médula, hablar de que estar gordo es una suerte parece un completo disparate; y sin embargo, no es así.

Me consulta una joven delgada como una espiga. Lo hace porque tiene atracones. Le pregunto si vomita o si evacua lo ingerido de alguna otra manera, como ejercicios físicos en demasía. Me dice que “nada de eso”. No entiendo cómo hace para estar tan delgada si come en exceso. Tal vez una cuestión metabólica, y pasamos a otro tema.

Me cuenta que tiene un hijo de cuatro años. Él no tiene compulsiones (ansiedad por la comida) sino convulsiones, y que tiempo atrás había leído en un artículo mío titulado ” La compulsión” que la ansiedad por la comida era una emoción, y por lo tanto, no controlable con la fuerza de voluntad, y también un mecanismo compensador de las presiones generadas por las restricciones de las dietas y/o por la manera de vincularse; esto es, por el estrés generado por las relaciones conflictivas. Vino a la consulta por su hijo, porque imaginó que, tal vez, uno de los factores predisponentes para sus convulsiones estaba originado en alguna presión inadvertida en la manera de tratarlo, de cuidarlo, de educarlo, ya que, al leer el artículo, pudo atar cabos y se dio cuenta de cuál había sido el origen de sus propias compulsiones.

Educar significa etimológicamente “sacar de adentro”. Ver lo que el niño ya trae para expresar. Cuando ponemos en vez de permitir que el niño saque de sí, no sabemos cuánta presión inadvertida recibe el niño. Tampoco sabemos cuánta presión hemos recibido nosotros si fuimos educados sin una escucha atenta a nuestras reales necesidades, y sin una capacidad real de respuesta a esas necesidades. Si estamos gordos y podemos darnos cuenta de que esa gordura se acumuló por la ansiedad generada para compensar la presión de las restricciones de las dietas, y/o la presión originada en nuestra manera de poner límites, o por no poder poner límites, ni pedir o conseguir lo que necesitamos…, si es así, creo que estar gordo es una suerte. La gordura es un aviso de algo “más gordo” todavía.

¿Qué pasa cuando todo esto está pasando y no hay gordura para avisarnos?
¿Y cuando sí hay gordura pero la interpretamos como “comida de más” y nada más?

Tal vez las convulsiones del hijo de la mujer de la consulta nada tenían que ver con la manera en que lo educaba. Ella aprendió a solucionar su ansiedad por la comida aun sin tener sobrepeso. Esto le posibilitó una forma más saludable (menos ansiosa) de criarlo y, en general, una forma más satisfactoria de existir. Tal como me dijo: “Después de todo, aun siendo flaca, sin poder solucionar mi ansiedad por la comida vivía mal.”

 

Mi hijo se come todo

¡Mi hijo se come “todo”!

Hijos gordos = padres preocupados

Mi hijo tenía tres años cuando asistí a una reunión informativa sobre alimentación infantil. Yo estaba gorda y lo veía gordo a él también.

A la hora de las preguntas insistí por una respuesta: “¿Cómo hacer para que mi hijo gordo no se convierta en un adulto gordo?”. El médico disertante, después de asegurarme que las redondeces de mi hijo eran propias de su edad y contextura, y ya visiblemente cansado por mi insatisfacción ante sus respuestas, finalmente me dijo: “Hay una sola manera de que su hijo se convierta en un adulto gordo, y es que usted lo jorobe…”.
No podía creer lo oía. ¿Yo, jorobar a mi hijo? Imposible.

Tardé años en darme cuenta cabalmente de lo que el médico me quiso decir, ya que para comprender, yo misma tenía que aprender a no jorobarme.

Jorobar al hijo es lo que pasa cuando intervenimos en sus procesos naturales de nutrición; entendiendo nutrición por la capacidad innata de alimentarnos a demanda del organismo. El organismo nace preparado para sostener un peso cómodo sin presiones ni intervenciones. Un bebé sano ejerce este mecanismo perfectamente.

Nací en 1951. Soy de la época en que los bebés eran alimentados en horarios pautados y en cantidades preacordadas… como haciendo dieta. Hace décadas que los pediatras aconsejan alimentarlos cuando lo piden y hasta donde ellos lo deseen. En el campo de la alimentación infantil, éste ha sido un avance inmenso: el descubrimiento de que la autoconfianza en los niños comienza cuando se les da la posibilidad de que ellos se den cuenta de cuándo necesitan alimento y lo pidan. Pedir y obtener el alimento, y practicar el “basta” les permite confiar en sí mismos y en su entorno.

– Mamá, no quiero más.
– Te me terminás todo. Los chicos de Biafra no tienen qué comer y vos estás dejando comida.
O también:
– Mamá, tengo hambre.
– Ahora no. No es la hora de comer y ya estás muy gordo.

Estos comentarios, aparentemente inofensivos y realizados con la mejor intención, lo mismo que la costumbre de esconderle la comida, van creándole el registro de que no puede confiar en sí mismo y de que su cuerpo no es aceptado y, por lo tanto, él no es amado. Todo un contrasentido considerando que nuestra intención estaba guiada por nuestro amor.

Las indicaciones a nuestros hijos sobre su forma de alimentarse revelan, no tanto un asunto con la comida, sino las maneras que adopta el control y el poder en cada familia. Por eso es tan fácil que la mesa se convierta en el campo de batalla entre mi poder como mamá/papá/abuela, etc., y su poder como hijo. En esta puja, los chicos pierden siempre.

La ansiedad por la comida se gesta cuando somos pequeños. Su plataforma es la falta de confianza que generan nuestros juicios negativos sobre su persona, sus actividades y tareas, y el control que ejercemos sobre su manera de comer. Para mí, confiar en que los chicos “saben”, confiar en que lo traen al nacer, fue un aprendizaje y una tarea en el marco de mi propia recuperación.

Nota: Encontrarás información adicional en el artículo ¿Sabías que podemos ser adictos… a las personas?

 

¿Sabías que podemos ser adictos… a las personas?

¿Sabías que podemos ser adictos… a las personas?

La adicción invisible

La palabra “adicción” viene del latín adherere, que significa “adherido”. El término nos resulta conocido en relación con sustancias o actividades como la adicción al alcohol, las drogas, el cigarrillo o el juego, y siempre se trata de esa condición por la cual el uso de algo pasó a ser abusivo y se convierte en adicción. Nos hemos quedado adheridos, pegados a un “algo”, y no podemos soltarnos.

Fui una obesa sufriente que durante décadas subió y bajó de peso una y otra vez entre dietas y atracones. Cuando estaba aprendiendo estrategias para solucionar mi ansiedad por la comida, me di cuenta de que la comida no era mi primera adicción, sino la segunda. La adicción a la comida estaba instalada y se originaba en otra: la adicción a las personas. La adicción a sustancias como la comida, el alcohol, las drogas, etc., así como a actividades como el sexo, el juego y el trabajo, entre otras, eran todas adicciones de segundo orden, y sólo había una de primer orden: la adicción a las personas.

¿Qué es adicción a las personas? Con mucho acierto, la autora del libro Las mujeres que aman demasiado define tres formas básicas en que las personas se relacionan adictivamente: tomando el rol de rescatador, el de perseguidor o el de víctima, y también con mucho acierto se da cuenta de que estas maneras son una adicción, porque con el ejercicio de cualquiera de los tres roles se establecen vínculos adheridos, pegados. En este caso, la ansiedad está manifestada en el impulso irresistible e inadvertido (invisible) a controlar la conducta del otro.

Al hacer por los otros sin que lo pidan, o al aconsejar o sugerir sin que lo pidan, estamos desarrollando el rol de rescatadores, muchas veces invadiendo y hasta avasallando.

Al reprochar o criticar estamos siendo perseguidores y, nos demos cuenta o no, estamos culpando. La frase “¡Por tu culpa!”, tan usada, tan común, inicia el juego de un doble rol: perseguidor y víctima. Los ejemplos son infinitos e infinitos los matices.

Esta manera de vincularnos nos crea, y a su vez crea en otros, lo que yo siento como un “agujero en el alma”; un hueco que no quiere quedar vacío, y que se llena con sustancias, actividades o vínculos adictivos.

Lo digo con énfasis: No somos unos malditos descontrolados y autodestructivos cuando tenemos un atracón, nos emborrachamos o nos drogamos. No. Estamos sufriendo. Nuestro agujero exige que lo llenen, de cualquier modo. Por esto, creo que las adicciones no son desgracias sociales. Son el mecanismo natural que se impone a nosotros para compensar el vacío que nos genera vincularnos de determinada manera.

Y aprender a solucionar la ansiedad por la comida es también aprender a vincularnos de una manera diferente. Ambos aprendizajes son como columnas que sostienen el mismo techo.

 

Yo me casé y subí muchos kilos

Yo me casé y subí muchos kilos, ¿Por qué?

Cuando el amor… engorda

Había una vez una pareja de acróbatas que viajaba por los pueblos de la India exhibiendo sus habilidades. El hombre sostenía un palo muy largo y su mujer trepaba al extremo superior.
Un día, el esposo le dijo a la esposa:
Para evitar que nos ocurra algún accidente, lo mejor será que yo me ocupe de lo que estás haciendo vos y vos de lo que estoy haciendo yo. Pero la esposa replicó:
No, eso no es lo más conveniente. Yo me voy a ocupar de mí y vos te vas a ocupar de vos, y así, los dos muy atentos a lo que cada uno de nosotros hace, no nos ocurrirá ningún accidente.

Las pepitas de oro

Llamo “las pepitas de oro” a la valiosísima información que forma parte de las ideas-herramienta imprescindibles para el “tallado”, “pulido”, “limpieza” de nuestra vida en su aspecto vincular. Las pepitas más luminosas que he encontrado son:
1. Yo soy yo, y el otro es otro.
2. Yo soy la prioridad en mi vida. Esto no es egoísmo sino inteligencia. La palabra inteligencia viene del latín y es la suma de inte, que significa “adentro”, y ligencia, que viene de legere y significa “leer”. En síntesis, inteligente es aquel que “lee adentro”, y se refiere a la persona que puede sentir lo que realmente vive en su interior y llevarlo a la acción.
3. Si yo soy la prioridad en mi vida, mis hijos aprenden a ser ellos la prioridad en la suya, y todos podemos sentirnos amados aun sin ser aprobados por el otro. Amor y aprobación van por carriles distintos.
4. El contexto básico para que yo tenga vínculos sanos es el del desarrollo de mi poder personal a través de mi proyecto personal, que me da independencia económica y emocional.
5. La independencia económica no garantiza la independencia emocional, aunque es una condición importante para obtenerla y sostenerla: “La libertad es cara”.
6. Yo no he venido a este mundo a cubrir las expectativas de nadie, sólo las mías.
7. Nadie ha venido a este mundo a cubrir mis expectativas, excepto yo.
8. Me hago cargo de cubrir mis necesidades y expectativas.
9. Aprendo a pedir ayuda y a expresar mis elecciones y decisiones sin amenazar ni reprochar con enojos o culpas. Aprendo a decir “no”.
10. Busco, encuentro y practico los conocimientos que necesito para construir una manera de vincularme sin ser un “rescatador” del otro, ni su “perseguidor” ni su “víctima”.

Por qué engordo al convivir
Cuando nuestro engorde coincide con una convivencia, creo que la causa principal es un “quedarse adherido” (adicto) inadvertido en la idea socialmente aceptada y nunca cuestionada del “compartir sin partir”, vale decir, sin distinguir singularidades.
Somos seres sociales y crecemos sanos en convergencia con otros seres humanos cuando no dejamos de ser uno y otro. La cantidad de comida en cada ingesta es un asunto decididamente personal, porque así es el cuerpo y el alma.

Nota: Encontrarás información adicional en el artículo ¿Sabías que podemos ser adictos… a las personas?