Intuición

La intuición es el tesoro de la psique. Es como un instrumento de adivinación o una bola de cristal, por medio de la cual podemos ver con una misteriosa visión interior. Es como si tuviéramos constantemente a nuestro lado a un sabio que nos dijera qué es lo que ocurre exactamente y si tenemos que girar a la derecha o a la izquierda. –Clarissa Pinkola Estés 

  • Pienso mucho en este “tesoro”: en que puede quedar escondido o enterrado, como si no existiera. Pienso en las veces en que no di validez a sus directivas porque parecía “nada”. Pienso en la Vida que fue apareciendo cuando, sin lógica y con miedo, esa vocesita empezó a ser importante para… ¿para?… uf… ¡para todo!… porque, como también lo leí en el libro de Pablo d’Ors : No hay mejor estratega que el ser.

Nuevas Tierras

Nuevas  Tierras: nueva casa interior.

Duele: la pérdida de la ilusión.

Algo sabio me dice: sólo presente. La interpretación me lleva por caminos sin salida, sin gloria, sin bondad, sin misericordia, hacia mí y los otros. Sólo ahora, lo que está pasando ahora, de verdad, en La Realidad.

Y descubro, arduamente, que todo es interpretación.

Y es bueno, porque puedo actuar en base a una interpretación sabia o estúpida.

Y la maravilla: me doy cuenta  de la diferencia, arduamente, por anticipado.

Sí, esa es la maravilla: puedo, en alguna proporción, darme cuenta antes de la acción.

Esto viene en el orden cósmico: primero oscuridad y luego luz; primero la cháchara mental siempre destilando queja o demanda; luego, arduamente, la elección de la luz: la acción iluminada, indescriptible, tan alejada de las fórmulas, y tan acoplada a las leyes  eternas.

 

Yo sé esto

La regeneración creativa es la esencia de la vida misma. Nuestro niño interior, al ir sanando, se convierte en un creador. – John Bradshaw

John me dice esto y yo sé esto: a medida que fui desde los 40 a los 50 y a los 60, y ahora que voy desde los 60 a los 70, la alegría-porque-sí, la seguridad-segura: portátil (sin un otro, otra, o cosa alguna que la brinde), la pasión creadora encendida (y a veces incendiaria jaja) y la gratitud a flor de alma y de labios, han ido creciendo y afianzándose; y todo lo ha ido “haciendo” mi niño interior que, al ir sanando, fue dando espacio y poder a mi adulto interior. A ese “nacido y creciendo” poder adulto llamo “inteligencia vincular” o “amor bueno”… pero por sobre todo, ¡qué lindo es vivir así!

Feliz Día del Niño!

“¿Qué hago con la compulsión? – Capítulo 2

Cuando hacer dieta… engorda

Actuar sin forzar. Ésta es la fórmula.

Un viento impetuoso no dura una mañana y

una lluvia torrencial no dura una jornada.

Y aunque estos efectos están producidos por el cielo

y la tierra, los agentes más poderosos de todos,

porque son efectos exagerados no pueden

sostenerse a largo plazo.

–Tao Te King

   

    Hace tres mil años, un sabio chino llamado Lao Tsé describía, con esta observación, por qué las dietas no funcionan con el tiempo. Lo hacía en su célebre Tao Te King. Tao significa cómo, Te vida y King tratado. El Tao Te King es un tratado sobre cómo funciona la vida.

    Quinientos años después, Heráclito, el filósofo griego, declaraba lo mismo diciendo: “Cuando un extremo alcanza su opuesto, pasa a convertirse en su opuesto”. Así vemos que demasiada luz no deja ver, demasiado frío quema y demasiada restricción produce exceso. Asimismo un exceso de comunicación tiende a producir incomunicación. Heráclito enunció esta realidad con el nombre de ley de enantiodromía.

    Más recientemente, esta ley de la naturaleza recibió el nombre ley de péndulo.

 

Fabricate un péndulo y acompañame

    Bastará alguna piecita con algo de peso unida a un hilo.

    Estás sosteniendo el hilo a cierta distancia de la piecita.

    Cuando comés naturalmente tu péndulo está quieto, en equilibrio, pendiendo perpendicular al piso. Pero cuando iniciás una dieta, al comer en horarios pautados que no tienen en cuenta las señales que el cuerpo puede darte, esto genera tensión, te des cuenta o no de eso. El hilo se levanta como un resorte. Esta tensión no puede sostenerse a largo plazo. La misma tensión produce su propia compensación. Si soltás tu péndulo desde cualquier ángulo al que se haya movido, verás que se dirige al punto opuesto. En la misma proporción que lo moviste hacia un lado, se moverá por su cuenta hacia el otro. Tratá de recordar qué te pasó, o fijate ahora si estás haciendo dieta. Verás que estás pensando en lo que querés comer y no podés, o en lo que podés comer y no querés. Esto es tensión, malestar. Éste es el resorte interior moviéndose hacia un lado, para luego compensar hacia el otro, con comida. A este exceso liberador de la tensión solemos llamarlo compulsión.

   El movimiento pendular tendrá una intensidad de tensión proporcional al tiempo que hace que te estás privando al comer, y al tipo de dieta que estés haciendo. Hay dietas tan alejadas del funcionamiento natural de un ser humano, que la cárcel que generan no tiene barrotes sino gruesas paredes de acero sólido, y uno queda ahí con una camisa de fuerza puesta. Imaginate la tensión. Imaginate el péndulo elevándose hacia un lado. Imaginate cuando el péndulo vuelve a caer compensando la tensión. Imaginate (o recordá) los atracones compensatorios. Si tenés un perro, no lo encierres si después no querés que compense el encierro corriendo un rato.

   Este encierro psicológico y físico también ocurre con tu compulsión. Si considerás que tu compulsión es una falla de carácter, falta de fuerza de voluntad, una transgresión o un pecado capital, la intolerancia que esas interpretaciones te producen la compensarás con más comida.

“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.”

 

 ¿Oíste esto alguna vez? ¿Te sirvió?

   

    La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La compulsión es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional.

 

   La compulsión, por ser una emoción, no escucha razones ni puede ser manejada con la voluntad.

   Nora tiene 17 años. Desde hace cinco tiene atracones que le han creado un sobrepeso de ocho kilos. Se siente mal no sólo con su cuerpo, sino también con su manera de relacionarse con la comida. Se percibe como sujeta por una fuerza invisible. Me cuenta que el problema con su cuerpo y la comida comenzó cuando tenía doce años. Antes de esa edad, la comida era tan natural en su vida como ir al baño y cumplir necesidades fisiológicas. Su cuerpo le gustaba. No era gorda ni flaca. Tenía redondeces que consideraba propias de sus tendencias heredadas, y que aceptaba de manera natural. ¿Qué pasó a los doce años? Nora se enfermó y adelgazó mucho. Ya repuesta, aunque más delgada que de costumbre, escuchaba de las personas queridas de su entorno: “Quedate así. Así estás bien”. A Nora le importa mucho lo que opinan sus afectos. Para quedarse así necesitó iniciar una dieta. Comenzó a restringir la cantidad de alimento y empezó a considerar engordantes ciertos alimentos que deseaba, deseo que negaba. El resultado inmediato fue que “se quedó así”. Después de algún tiempo, comenzó a tener atracones para compensar tanto malestar por las restricciones. Nora aprendió a ser compulsiva con la comida y a ver su cuerpo como inadecuado, aun estando flaca; después de todo, “quedate así” significa “como eras no me gustabas”.

 

Actitudes que engordan y actitudes que adelgazan

   Los esposos están cenando. Mientras comen, ella le cuenta los eventos del día y él lee el diario. Casi al finalizar, ella se da cuenta de que el “sí, querida” que escucha para asentir a lo que ella dice es automático. Él no le está prestando atención; la lectura del diario lo absorbe.

   Enojada, ella decide verificar si es esto lo que está ocurriendo.

Me dijeron que te vieron con otra.

Sí, querida.

 

¿Dónde está mi atención al comer si…

… me levanto de la mesa a cada rato?

… estoy picando mientras cocino?

… estoy discutiendo?

… como lo que no elijo o no me gusta?

… estoy parado, acostado o caminando?

… estoy trabajando?

… estoy hablando por teléfono?

… atendiendo la computadora?

… estoy leyendo?

 

   Nuestra percepción funciona a través de dos focos de atención al mismo tiempo: uno consciente y otro automático. Si estás haciendo algo atractivo cuando comés, ése será tu foco consciente y comer será tu foco automático. Comiendo en automático dirás “sí, querida” a la comida. No te darás cuenta de lo que está pasando y no podrás poner un límite.

 

Para que el peso baje y se mantenga naturalmente necesito prestar atención a mi cuerpo:

  • comiendo sentado (preferentemente)
  • el alimento elegido
  • saboreando

 

Comer conversando y/o mirando televisión

    Somos seres sociales y comer conversando es una práctica deseable y muy agradable. Para prestarnos atención al comer conversando necesitamos dos focos de atención consciente: el cuerpo y la charla, o alternar la atención entre el  cuerpo y la charla.

    De las otras cosas que solemos hacer al mismo tiempo que comer, la televisión suele ocupar un lugar preferencial. Sin ningún esfuerzo puedo prescindir de hacer las actividades que acabo de enlistar. En cambio, prescindir de la televisión es un asunto diferente. Me produce un placer enorme comer mientras miro algo que me gusta. Reconozco que este estímulo puede succionar mi atención a tal punto, que la ausencia de percepción de mi misma puede llevarme a comer sin medida. Por eso tomo recaudos: establezco la cantidad cuando cocino y cuando me sirvo; y luego saboreo por momentos  simplemente porque el sabor es importante para mí. Me ocupé de él al cocinar y al comer no quiero perdérmelo. Esta manera me funciona perfectamente para comer moderadamente aunque mire televisión. Ahora bien: si la comida es muy especial, tanto por el trabajo que me llevó prepararla como por el sabor que tiene, aún con esfuerzo la apago mientras dure la ingesta. Si quiero que el sabor me resulte memorable, la concentración en la lengua es esencial.

    Cualquier estímulo externo relacionado con nuestro sentido principal: la vista, mermará inevitablemente la percepción del sabor. La concentración acrecentada estira la cantidad, y la comida que continúa en la lengua estira el momento placentero.

    Con la comida hay cuatro placeres posibles: el que acabo de describir es el placer del sentido del gusto; luego está el placer del resto de los sentidos (si participan), el placer del momento como acontecimiento, y finalmente (o primeramente) está el placer aliviador de la inconciencia provista por la compulsión. Excepto el placer del momento como acontecimiento, en el que podemos elegir comer o no, el resto de los placeres precisan de la comida en la boca, aunque el resultado, con respecto a la cantidad, puede ser muy diferente: saborear modera y  comer compulsivamente propicia excesos. En el capítulo seis encontrarás que la razón de esta diferencia está relacionada con el funcionamiento de nuestras funciones cerebrales.

 

La costumbre / La inercia

    Si estamos comiendo de manera automática, sin prestarnos atención, el límite con la comida no existe hasta que el estómago nos molesta; la molestia nos obliga a sentirlo. Sentirnos llenos nos dice que hemos comido de más. Para  que el peso baje y se mantenga naturalmente, la cantidad de comida necesita ser, en la mayoría de las ingestas, aquella que nos deje satisfechos, aunque no llenos. Este tema es medular, y un asunto de intención renovable, atención con concentración variable y práctica flexible.

    El estómago se acostumbra a cierta cantidad de comida, y la inercia es una fuerza poderosa alimentada por el hecho de que, cuando el estómago está lleno, el alma se siente llena. No hay nada como un banquete para ponernos de buen humor. Por lo tanto, mermar la cantidad de comida, ingesta a ingesta, se parece más a un arte que a una imposición, ya que contiene las cuatro condiciones inherentes a la concreción de cualquier arte: nuevo conocimiento, práctica del nuevo conocimiento, atención con concentración y paciencia para obtener resultados.

    La manera de nombrar estas condiciones proviene del capítulo titulado La práctica del amor del libro El arte de amar, cuyo autor, el psicoanalista Erich Fromm, parece haber obtenido este conocimiento de aquellas antiguas psicologías, como el yoga o el budismo zen, que han colocado la posibilidad del amor-arte o amor bueno como expresión del Ser: una posibilidad, según estas psicologías, creada por la práctica de la atención concentrada; un arte en sí mismo que por milenios ha recibido el nombre de meditación. Creo que por esta razón Fromm brinda, en el mismo capítulo, este ejercicio: “Sentarse en una posición relajada y seguir la propia respiración; no pensar en ella, ni forzarla, sino seguirla y, al hacerlo, percibirla.”

    Desde luego la meditación puede abandonar esta forma tradicional y convertirse en meditar-al-comer, porque de lo único que se trata es de percibir sensaciones, y de volver al mismo foco cuando ocurre la dispersión natural de la atención.

    Es acerca de esta misma práctica, que en el libro Práctica del camino interior, el doctor en psicología K. G. Dürckheim se refiere a un dicho japonés: “Todo, absolutamente todo, puede tomar carácter transformador a condición de que sea simple y de que se pueda repetir”. El carácter transformador es el resultado de la repetición consciente, no inercial; y si oriente ha descubierto que la ceremonia del té puede ser un contexto, ¿por qué no nuestras comidas?      

 

No hay magia… ¿o sí?

    Muchas veces buscamos la magia. A veces necesitamos que sea así, y otras veces pasa que la inercia nos lleva a eso. Creo que hay magia. Es mágico el momento en que decidimos parar de comer, aun cuando seguiríamos con gusto porque nos acostumbramos a seguir y seguir; y también son mágicos los momentos en que no nos criticamos porque nos damos cuenta de que necesitamos seguir comiendo.

    La compulsión a comer es el núcleo de la adicción a la comida (adicción, del latín adherere que significa quedarse adherido, pegado a algo). Y transitar lo que nos va pasando, sentir lo que sentimos, es el núcleo de la recuperación de cualquier adicción.

    Transito o me adicto es una frase conocida en los grupos de recuperación de las adicciones, que sintetiza, de manera magistral, el trayecto de la enfermedad a la salud.

 

El exceso de peso es un asunto de cantidad de comida ingerida.

El peso baja y se mantiene con pequeñas oscilaciones naturales cuando,

al prestarnos atención, descubrimos nuestro “basta”,

y le hacemos caso.

 

El “basta” es el resultado natural de la atención deliberada o intencional:

al comer, y al vincularnos con otros y con nosotros mismos.

 

    El basta es una señal sutil con una variedad indefinible de intensidades.

    Experimentando con mi límite al comer, verifico que también experimento con la capacidad de hacerme cargo de mí misma.

 

Mis límites son la clave.

    Experimentando con mi llamado a comer, verifico que experimento con la capacidad de encontrar mis propios ritmos.

 

Mis ritmos son la clave.

    Experimentando con la elección de los alimentos, verifico que experimento con mi capacidad de elegir.

 

Mis elecciones son la clave.

 

YO SOY EL PRODUCTO DE MIS RITMOS

Y DE MIS LÍMITES.

 

Y en especial:

 

YO SOY EL PRODUCTO DE MIS ELECCIONES.

“5 Kilos, la distancia hasta el paraíso” – Capítulo 20

BASTA. Parte 1

De comida.

    Cuando como lo suficiente me abruma el espacio.

El espacio me abruma porque me gusta comer hasta sentirme llena.

 

Sentirme llena: La reiteración crea los 5 kilos de exceso. Con mirada comprensiva recuerdo los muchos más kilosde otro tiempo.

Basta: Hasta aquí, suficiente.

El basta es el recurso de un trueque: Cambio vacío por un bien.

Quiero el bien: Moderación, salud, menor peso.

Me encanta sentirme llena. Así que suelo olvidarme del bien.

“5 Kilos, la distancia hasta el paraíso” – Capítulo 4.

LO PRIMERO

La materia prima.

Tomo contacto con la existencia de las leyes naturales creadoras de la vida, y de su posibilidad de aplicación a mi propia vida, para alcanzar aquella completud paradisíaca que por tanto tiempo me promete el peso.

Aplicadas, las leyes sirven para crear armonía a partir de la desarmonía, orden a partir del caos, salud a partir de la enfermedad.

 

La oscuridad va primero: Es la materia prima.

Ansiedad otra clase de hambre

¿Qué nos comemos cuando comemos de más?

Ansiedad: otra clase de hambre

Pocas cosas han sido tan inútiles, displacenteras y enfermantes como hacer dieta para adelgazar. Cansarse de hacer dieta y de subir y bajar de peso una y otra vez es, sin duda, una experiencia de apertura interior y de expansión de la conciencia.

Hacer dieta se convierte, para muchos, en una forma de vida. La vida pautada cada tres horas. Una grilla donde poco queda librado al instante vivo y mucho para que definan otros, y por anticipado.

El cuerpo nace preparado para sostener un peso cómodo, sin presiones ni intervenciones.
Cansarse de hacer dieta es señal de sabiduría. Cansarse de hacer dieta abre la puerta a nuevos horizontes. Hacer un giro de 180 grados y convertirse en el eje conocedor de qué comer, cuándo comer y cuánto comer es una experiencia liberadora y transformadora.

Las preguntas empiezan a revolotear: “qué tengo que comer” pasa a ser “qué quiero comer” y esto me sugiere “qué quiero de lo que sea”. “Cuánto comer” se convierte en “cuánto es suficiente”, también de lo que sea. “Cuándo comer” significa “defino mis propios tiempos”.

Qué queremos, cuánto es suficiente de lo que sea y definir los propios tiempos: nuestras elecciones, límites y ritmos. ¿Qué es lo que nos estamos “comiendo” cuando comemos de más? Creo que nunca llegaremos a tener bastante de aquello que, para empezar, no era lo que queríamos.

 

El peso que no puedo controlar

¿Por qué no puedo parar los atracones con la fuerza de voluntad?

El peso que no puedo controlar

Cómo definir esa sensación mezcla de impotencia, desasosiego y culpa cuando no estamos conformes con el peso de nuestro cuerpo. ¿De dónde nos viene el malestar? ¿Cómo identificar esa fuente de lucha eterna por llegar a un peso que no es el que ahora tenemos?

Ya ni siquiera se trata de tener un sobrepeso efectivo según parámetros médicos. La pelea por alcanzar un peso distinto se ha extendido y abarca también a los flacos. ¿O acaso no vemos a nenas o jóvenes con cuerpos normales metidas de lleno en controlar cada bocado que ingieren? ¿Qué nos está pasando?

Hace unos cuantos años, todo era más sencillo: los gordos eran gordos y los flacos eran flacos; y a los gordos nos llevaban al doctor y él nos daba una dieta. Lo que no sabíamos es que el sobrepeso está generado en la mayoría de los casos por la ansiedad, y que la ansiedad no se soluciona restringiendo el alimento; más aún: la restricción de comida aumenta la ansiedad, porque el malestar que nos produce estar todo el día pensando en lo que queremos comer y no podemos, o en lo que podemos comer y no queremos, se come. Es decir que, como cualquier otro malestar que no toleramos, la dieta se compensa comiendo de más.

“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.”

¿Oíste esto alguna vez? ¿Te sirvió?

La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La ansiedad es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional.

La ansiedad, por ser una emoción, no escucha razones ni puede ser manejada con la fuerza de voluntad.

Gordura veeeen

Gordura: ¡Veeeeeeeeen!

¿Llamamos a la gordura?

En su libro Ligero de equipaje, Carlos Vallés cuenta que Anthony de Mello había aconsejado durante años: “¡Cambien! Cambien aunque sólo sea por el gusto de cambiar. Mientras no tengan una razón fuerte y positiva para no cambiar, ¡cambien! Cambiar es desarrollarse y cambiar es vivir; por eso, si quieren seguir viviendo, sigan cambiando”.

Y de repente, cambió de opinión y comenzó a aconsejar lo contrario: “No cambien. Ámense a ustedes mismos tal como son, y el cambio ya tendrá lugar por sí mismo, cuando lo quiera y si lo quiere. Déjense en paz”.

Tony de Mello comenzó a objetar al cambio porque se dio cuenta de que lo que nos mueve a cambiarnos es la falta de tolerancia, y es ese mismo estado de intolerancia lo que impide el cambio. La resistencia que oponemos a nuestra odiada tendencia sólo sirve para reforzarla.

Se acerca el verano. Todos los años es el tiempo de la gran intolerancia con nuestro cuerpo, si está gordo o si está flaco. La delgadez ya no es ninguna garantía de tolerancia, porque el problema no es tanto el cuerpo y su tamaño sino, más que nada, nuestros hábitos de crítica y autocrítica.

Muchos de nosotros podemos recordar aquellos tiempos cuando, aun estando flacos, nos veíamos gordos; y si luego juntamos kilos de más, nos viene la pregunta: “¿No será que de tanto verme gordo, a la gordura la estuve llamando?: Gordura, ¡veeeeeeen!”.

Nos comemos la intolerancia lo mismo que el enojo. La intolerancia nos engorda.

La pelea nunca nos permitirá bajar de peso y mantenerlo, ni solucionar nuestra ansiedad por la comida, porque somos mucho más que un cuerpo y un número en la balanza. Y en palabras del mismo Tony: “Dejamos de pelearnos y aceptamos la realidad como el pájaro acepta sus alas: para volar”.

 

La suerte de estar gordo

La “suerte” de estar gordo

Qué pasa si no hay gordura y nos pasan “cosas gordas”

Para nuestra cultura, empapada de “lo flaco” hasta la médula, hablar de que estar gordo es una suerte parece un completo disparate; y sin embargo, no es así.

Me consulta una joven delgada como una espiga. Lo hace porque tiene atracones. Le pregunto si vomita o si evacua lo ingerido de alguna otra manera, como ejercicios físicos en demasía. Me dice que “nada de eso”. No entiendo cómo hace para estar tan delgada si come en exceso. Tal vez una cuestión metabólica, y pasamos a otro tema.

Me cuenta que tiene un hijo de cuatro años. Él no tiene compulsiones (ansiedad por la comida) sino convulsiones, y que tiempo atrás había leído en un artículo mío titulado ” La compulsión” que la ansiedad por la comida era una emoción, y por lo tanto, no controlable con la fuerza de voluntad, y también un mecanismo compensador de las presiones generadas por las restricciones de las dietas y/o por la manera de vincularse; esto es, por el estrés generado por las relaciones conflictivas. Vino a la consulta por su hijo, porque imaginó que, tal vez, uno de los factores predisponentes para sus convulsiones estaba originado en alguna presión inadvertida en la manera de tratarlo, de cuidarlo, de educarlo, ya que, al leer el artículo, pudo atar cabos y se dio cuenta de cuál había sido el origen de sus propias compulsiones.

Educar significa etimológicamente “sacar de adentro”. Ver lo que el niño ya trae para expresar. Cuando ponemos en vez de permitir que el niño saque de sí, no sabemos cuánta presión inadvertida recibe el niño. Tampoco sabemos cuánta presión hemos recibido nosotros si fuimos educados sin una escucha atenta a nuestras reales necesidades, y sin una capacidad real de respuesta a esas necesidades. Si estamos gordos y podemos darnos cuenta de que esa gordura se acumuló por la ansiedad generada para compensar la presión de las restricciones de las dietas, y/o la presión originada en nuestra manera de poner límites, o por no poder poner límites, ni pedir o conseguir lo que necesitamos…, si es así, creo que estar gordo es una suerte. La gordura es un aviso de algo “más gordo” todavía.

¿Qué pasa cuando todo esto está pasando y no hay gordura para avisarnos?
¿Y cuando sí hay gordura pero la interpretamos como “comida de más” y nada más?

Tal vez las convulsiones del hijo de la mujer de la consulta nada tenían que ver con la manera en que lo educaba. Ella aprendió a solucionar su ansiedad por la comida aun sin tener sobrepeso. Esto le posibilitó una forma más saludable (menos ansiosa) de criarlo y, en general, una forma más satisfactoria de existir. Tal como me dijo: “Después de todo, aun siendo flaca, sin poder solucionar mi ansiedad por la comida vivía mal.”